dilluns, 21 d’abril de 2008

EL BLOG DE CURTIZ JUNIOR 3


Rick se dio cuenta del don o de la maldición que le había traspasado McLeod en aquel bar de la Milla Real en Edimburgo, cuando vio morir a su tercera esposa, y ya no recordaba más que en forma de nebulosa a Ilsa Laszlo, el amor del que no disfrutó, pero que quedó inmortalizado para siempre en su hipocampo. Aquel aeropuerto del norte de Marruecos, la bruma y el sonido de la guerra a sus espaldas, muy cercano. Era curioso como los olores y los sonidos, sentidos del paleocerebro, le evocaban los rostros pasados más que la vista, algo evolutivamente posterior. Mientras hacía estas reflexiones, abrió el Mozilla y se matriculó en Antropología evolutiva en una universidad a distancia del Quebec, antiguo estado del Canadá. Qué mejor que yo, pensó, para estudiar la evolución intraespecie.
Ya no vestía corbata ni traje, ahora llevaba tejanos a la altura del culo, dejaba ver por encima de sus pantalones el último modelo de boxers de Calvin Klein, utilizaba camisetas de manga corta descosidas, y en lugar de zapatos, calzaba unas adidas retro azules de cuando los juego olímpicos de Munich. Tampoco se peinaba hacia atrás, sino que lucía un estilo casual, como el de todos los presentadores de la tele, totalmente despeinado. Intercambió la gomina de antaño, casi melaza, por espuma fijadora de L´Oreal. A pesar de estos cambios tan radicales, que lógicamente se habían ido produciendo lentamente, él no notaba nada raro en ello. Lo que sí le escamaba era esa cara eterna que tenía, siempre las mismas facciones, y de que a pesar de seguir fumando, no había rastros de enfisema pulmonar por ninguna parte, igual que le ocurría a Carrillo, debía ser la genética favorable.
Actualmente había puesto un garito de copas en el paseo marítimo de no sé que ciudad del Mediterráneo, creo que le oí mencionar el nombre exacto del lugar, aunque a él no le importaba demasiado, le parecían todas la misma. Alicante, Tarragona, Begur, Palma o Valencia, tenían todas las mismas palmeras y el mismo tipo de edificación, los mismos yates, el mismo tipo de turismo y los mismas alcaldesas especuladoras, así que especificar el sitio le parecía algo superfluo, especialmente si tenía todo el tiempo del mundo para estar en todas estas ciudades y en muchas más.
Cambió el piano por un grupo de jazz fusión que ahora lideraba el hijo del bisnieto del gran Joe Zawinul (http://www.zawinulmusic.com/). Tocaban cada fin de semana, desde las diez de la noche hasta que los dedos y las manos se agrietaban y empezan a adoptar la forma del instrumento que cada uno tocaba. Difrutaban tanto de la música como los que les escuchaban, era la única terapia que ayudaba a Rick a soportar el paso del tiempo sin aburrirse de él mismo.
En cuanto al tema de la maldición, o bendición, no había tenido noticias de aquel que le tenía que matar, al menos hasta que una noche de otoño, ya no recordaba el año, vio entrar en su garito a una rubia espectacular, alta, estilizada, vestida con un traje ceñido de color amarillo con rayas negras a los lados, de un material entre cuero y tejido sintético ultramoderno. Llevaba unas zapas asics amarillas con el logo de la marca en negro. Lo cierto es que le sonaba de algo, tal vez de alguna película en el cine de ya hace algún tiempo, sí, de ese director underground en sus inicios, un tal Quentin. No relacionó nada hasta que se le presentó. Buscaba trabajo como músico. Llevaba a la espalda un estuche alargado, negro, de consistencia dura. Según ella era su instrumento, un saxo tenor, enorme, y tal vez afilado. En esos momentos, el rostro de Rick cambió de forma repentina, el acento con dejes japos le iluminó el cerebro, los neurotransmisores de alerta y el sistema adrenérgico se activaron en cascada de forma exponencial. Ya no sabía si estaba delante de una saxofonista de Brooklyn o de una asesina de la escuela nipona. La Mamba negra, maestra en el arte de la catana, tal vez aquella que le había de matar y dejarle descabezado. Sin perder su caballerosidad, algo de lo que no se había desprendido a pesar de los años, la invitó a un orujo. Si era la discípula de Bill, aguantaría el envite sin pestañear, comme il faut.

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