dimecres, 3 de setembre de 2008

ÓLEO sobre ACRÓNIMO

(1).

A diez metros de mi balcón, Leila, una musulmana negra de 180 cm enciende la lámpara de la mesita de noche y se quita la ropa delante de un espejo de cuerpo entero hecho de fragmentos de lunas de camiones, un trencadís de Gaudí estilo rústico. Coge la cámara reflex que le regalé la primavera pasada y se hace un autorretrato con los sostenes puestos. Repite el mismo ritual cada atardecer, aunque la Nikon no tiene carrete. Después, de entre un montón de ropa esparcida por la cama, escoge un chal de lino verde y se envuelve en él. Quiere ser modelo de pasarela.

En la calle, cubierta por una capa de polvo naranja, Yemba se sube al capó de un Toyota blanco. Tiene 15 años y la cara llena de líneas cinceladas a machete. Viste una camiseta de un equipo inglés de fútbol cubierta por la chaqueta del ejército de la mitad sur de la ciudad, botas negras marca Magnum y unos pantalones y chambergo de camuflaje. Dispara una ráfaga al aire con el Kalashnikov mientras da caladas a un cigarrillo. Luego suelta el dedo del gatillo y golpea la chapa del todo terreno para salir zumbando a la fábrica conservera que ejerce las funciones de cuartel militar. Los francotiradores venidos de Eritrea esperan relevo. Su ilusión cuando sea mayor es ser casco azul de la ONU.

Mientras me quito el sudor con una toalla, enciendo un Dunhill y las dos últimas velas aromáticas que compré en el aeropuerto de El Cairo, le pregunto a J. Conrad, que vive en el piso de al lado y está asomando la cabeza por la ventana, si seguir los pasos de otra persona tiene sentido. Nada tiene sentido, me contesta, y añade: nosotros, los hombres, tardamos años en darnos cuenta. Sin embargo, las mujeres, lo saben desde el principio. Doy otra calada al cigarrillo y me tumbo en la hamaca que improvisé en la terraza. Abro Fiebre de guerra de J.G. Ballard, y pienso en Leila y en el espejo. Unas luces provenientes de la avenida principal me deslumbran desde el suelo y pierdo la referencia del capítulo. Decenas de periodistas estadounidenses preparan los flashes.

(2).

Para la mayoría de europeos y americanos, África es un gran parque temático de tres letras – ONG- con capital en Mogadisney. Así bautizó Didi, un logista belga, a Mogadiscio. Sobre el terreno, esta ciudad desprende vida cotidiana. Gente que compra patatas, mujeres que tienen la regla y niños a los que les duelen las muelas. Personas irónicas, taciturnas, alegres, matrimonios con problemas, cuñados pesados y abuelos cuidando a los nietos. Entre toda esta normalidad, está también la guerra, aunque el rodillo de la vida la desplace [es absurdo pensar que la entropía de la rutina no se coma cualquier excepcionalidad programada].

Dejo a Conrad mirando por la ventana, me pongo unos tejanos y bajo a la calle, que parece Broadway a la altura de Times Square. Me sumerjo entre los reporteros para observar la escenografía militar en primera línea. El ruido de los helicópteros enmascara el eco de las ráfagas del Kalashnikov de Yemba que ya suenan lejanas. Debe estar en la Green Line (Línea Verde), la frontera virtual que divide en dos la ciudad.

George Bush padre, todo un genio del eufemismo, ha bautizado el desembarco con el nombre de Restore Hope, Devolver la esperanza. Siguen saliendo marines de los helicópteros y continúa la lluvia de luz, una luz sin sombra. Se avecina tormenta. En el balcón, Leila saca la Nikon.

(Relato modificado, que hice para el curso de Literatura de viajes de Sergi Bellver). Basado en: El espejismo humanitario (Editorial Debate 2004). J. Raich.


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