dimarts, 6 de gener de 2009

eLIFE vol 1


Nieva en Sabadell, calcetines en las manos, manta en la cabeza y a través de un telescopio inhalámbrico veo a Seal bailar con Zeta Jones al ritmo de los copos sólidos de agua. Se mueven con ropa negra, desgastada de color como la de los bailes regionales. El pop-soul es el baile regional de la globalización e incluye una amplia gama de variables. Es una campana de Gauss musical. En el extremo exterior estaría B. Spears y en el otro el Fary, con un pop más intimista. En el medio el resto, en el medio todos los demás bailando entre la Jones y Seal.



Extinción de David Foster Wallace espera su turno encima de la cama. No pierde la fe.

Ayer, después de ver a Angelina Jolie en El intercambio de Clint Eastwood, hice la cabalgata de Reyes paralela. Me aterrorizan sus películas. Dejan un sabor frío que se mete por los oidos, como el frío de enero, y te impide pensar en cualquier forma de justicia. A esa hora tenía miedo de ser niño. Sorteando las aglomeraciones de las Ramblas, caminé hacia casa en ele, esquivando la infancia con decoro y premura. De tan rápido que anduve, los tornillos que modulan mi escoliosis chirriaban y esta mañana apenas podía levantarme. He tenido que echar mano del ibuprofeno, un analgésico posmoderno: no deja huellas en las tripas (que bien le vendría aquí un símil con la literatura ídem. Lo dejo en el aire) y te quita el reumatismo metálico de las fijaciones vertebrales como ningún otro.

Extinción de DF Wallace espera su turno en la cama. Hace ruido contra el cojín, como una soga contra la zona laterocervical del cuello.

Pienso en el número de enero de Quimera, en el especial sobre DFW, el fin de la broma. Me da miedo la imagen de un escritor colgado en una habitación, sin libros, sólo una cuerda y la traicionera silla de madera, objeto desenfocado. La silla de Ikea que montó Wallace estaba diseñada para borrar páginas, por eso en los penales del estado de California, en lugar de sillas que borrarían la sentencia de muerte, te hacen subir al cadalso por trece escaleras de madera, como a Gordon Northcott, el psicópata asesino de El intercambio. Me dan miedo las sillas desde que vi Million Dollar Baby, también mi genética, la luxación atlanto-axoidea y alguna glándula. En quince años cambiaría mi próstata por cualquier espalda torcida o por un (buen) rizoma, pero jamás por una silla.

Sigue nevando. Los flashes alumbran el suelo y las bombillas ecológicas de las farolas. Hace mucho tiempo que no nevaba y que no se veía tan bien por la noche. A Movistar y a Vodafone les viene bien la nieve y los suicidios. Los SMS se multiplican y las llamadas se alargan. Les viene bien el Año Nuevo, Nochebuena y Reyes, y la apoptosis multicelular de DF Wallace, que sigue ahí quieto junto a la almohada, sin abrir, con la espalda encarnada del golpe y el precio indemne en la contraportada:19 euros-tres llamadas-mujer, ambulancia y trabajo. La banca gana siempre, es tan creativa que viste igual. Las guadañas no pasan de moda.

Nieva cada vez más agua helada. No cuaja, se extingue el manto almidonado. En las ciudades biosostenibles la nieve la utilizan para glasear las ensaimadas. Se consigue una imagen de azúcar muy al gusto de la mediana clase media, y encima no pringa los dedos ni mancha el escote de las blusas. Con la que ha caido hoy, aquí tienen por lo menos para dos meses. El equipo de funcionariado del ayuntamiento destinado a las catástrofes naturales se encargará de repartirla de forma justa a las pastelerías.
Un momento, que el señor blandito ya se asoma por la ventana. Que dice que se queda con Txell y con la silla. La maldita silla.

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