dilluns, 13 d’abril de 2009

COVER 2: la luz viaja en un AK47


Venía dándole vueltas a una idea desde hace tiempo, sin atreverse a refutarla o confirmarla por miedo, un efecto secundario de cualquier teoría, el miedo de todos, un virus latente que prolifera en los relojes de muñeca cuando les das cuerda o cambias la pila. Sin embargo, bastó la negativa prolongada de unos ojos verdes para abrazar la hipótesis: la mayoría de palabras no sirven de nada, al fin lo admitió. Por eso dedicó el resto de su vida a demostrarlo.

Desde niño cuidó sus sueños, sin saber muy bien qué significaba eso, pero lo había oído en una película de Will Smith y en la época adolescente en que vio aquella cinta de VHS era más que suficiente para convertirse en dogma. Cuando pensaba ahora en el aforismo, Carlos, terrorista de sesenta años, se descojonaba.

Era un tipo obsesionado con las luces, una especie de faquir tornasolado que fagocitaba cualquier tipo de material luminoso, desde los destellos eléctricos de las sinapsis cerebrales hasta el chispazo que recorre la médula espinal cuando llega la orden de apretar el gatillo a la motoneurona del dedo índice. Se decía que en su apartamento del West Side, junto a la tienda de los Knicks dónde se compró la última biografía de Dave West, el guerrero blanco y el mejor cuatro que había pisado el Madison Square Garden desde Charles "el limpiacristales "Oakley", había hecho cambiar los florescentes, flexos y lámparas de pie que venían de serie por anuncios reflectantes. Una prima suya que vivía en Boston, técnica de iluminación, se los pasaba de extraperlo. Los agrupaba en un cuarto destinado a objetos desechables de la cadena de televisión donde trabajaba y cuando ya nadie preguntaba por ellos, que en términos temporales venía a ser unos dos años, se los daba a Carlos a cambio de munición que revendía a curas irlandeses sin recursos económicos.

En la cocina tenía varios neones de refrescos, uno de Seven Up se proyectaba sobre la nevera donde guardaba los temporizadores; pensaba que la luz verde le daba un valor añadido de esperanza. Tenía otro de CocaCola encima de la mesa plegable delante de un retrato de Martin Luther King; en el cuarto de baño, como espejo, el de una salsa de tomate mejicana entre retratos de Juan Pablo I, e iluminando el dormitorio, colgaba del techo el luminoso imperial de la última campaña demócrata de JFK.

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