dilluns, 21 d’abril de 2008

NORTHERN EXPOSURE TUNEADA vol 4


Maurice cada vez hacía más recortes económicos en la emisora, no en vano se había gastado parte de su fortuna en comprar el scáner que le convertiría en el nuevo Rodríguez de la Fuente virtual de Alaska. Por cierto, durante los rodajes de las carreras de trineos, conoció al etólogo español, y posiblemente desde entonces, le entró la curiosidad por la fauna local, aunque desde otro punto de vista más pragmático, dicho de forma eufemística.
El hecho es que Chris apenas podía comprar nuevo material musical para la K-OSO, así que se tenía que montar la vida bajándoselo por el emule, gracias a la excelente red wifi que había generado el gobierno americano, (bendito Chenney Junior Junior, secretario de defensa, orden cívico y telecomunicaciones). Lo hacía habitualmente por las noches, y en eso no hay nada especial ni único, lo que probablemente le distinguía del resto, era que se quedaba mirando cómo los bits de información iban llegando a su ordenador y cómo aquellos cambios de color de la barra horizontal indicaban la velocidad y el estado de la descarga. Le parecía un proceso mágico e inexplicable “ceros y unos transformados en notas musicales que emocionan, y que evocan sensaciones y sentimientos inolvidables… si Chesterton lo viera, seguro que compondría unos versos”. No se bajaba más que una pieza por noche, porque lo consideraba una creación, y le gustaba difrutar con el proceso. Era su construcción musical personal. En la madrugada de hoy, estaba deleitándose como, A brisa do coraçao de Dulce Pontes, viajaba por los cables eléctricos a su portátil, desde no sabía donde a su pueblo lejano, en el norte del continente americano, pérdido entre las nieves y los perros Husky, para transformarse en el recuerdo de aquel día en el que fue besado por última vez, y ella le dio la brisa de su corazón, su aroma más íntimo, el tiempo de su alma y la certeza de que como el viento, siempre acaba volviendo.
Cada noche, antes de empezar a conectarse para conseguir otra canción, terminaba el programa dándole las gracias a Maurice por haberle descubierto la belleza en forma de impulsos eléctricos. Horas más tarde, Chris se dormía encima de la mesa del estudio. Como era prácticamente diario, compró una almohada a Ruth-Anne, de esas ergonómicas, el último grito en tecnología para el descanso, “seguro que antes los astronautas ya la han probado y validado, tal vez ésta, incluso tenga partículas de algún transbordador espacial, del Columbia por ejemplo”. Chris respondió rápidamente, gestualizando como si estuviera ya en el aire, “es muy probable Ruth-Anne, los clásicos ya lo decían, somos polvo de estrellas. Whitman y lo cito de memoria acababa su poema cosmos con una idea relacionada: el pasado, el futuro, morar allí, como el espacio indisolublemente juntos. Quizás sea eso, a fin de cuentas, lo que somos. Partículas de naves espaciales, carbonos de carbonos de cenizas de cenizas de otras cenizas de plantas que ya no existen, o animales… o ceros y unos ordenados aleatoriamente…como las canciones de ahora”.

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