dimarts, 17 de març de 2009

VADEMETRICUM: COLORS


De espaldas a las murallas árabes, en el bar de la plaza de los Tristes, Leo movía los dedos por el mástil de la guitarra con la perspectiva de Carla Bruni y la mirada desarraigada en los pechos de Ana. Le tarareaba canciones como piedras de afecto, aunque el viento golpeara las palabras contra el acantilado sin mar ni olas, aunque su hilo de voz lo sorbiera una alambrada de turistas. Ella escuchaba todo y lo que alguien un día le dijo. Así todas las tardes durante dos años.

Luego, una mañana modelada por el sol de septiembre olvidó el silencio de sus notas y el golpeo de las monedas en la gorra de poliéster. Delante del espejo su pecho se arrugó como un hijo enfermo y su sexo se convirtió en algo neutro, sin énfasis, extrañamente gris, como las cuerdas de la guitarra. Planeando por el baño, descubrió que ya no encontraría América.

En el vaho del rostro se refractaban hebras de luz de la quimioterapia, la cicatriz de Leo en su mano y lo que un día le dijo alguien: no haga como si supiera algo de mí.


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