dimarts, 21 de juny de 2011

PÁGINAS AMARILLAS: EL SALTO número 23, por Michael Jordan


Aunque el salto final, el salto más famoso delante de todo un estado perfectamente cartografiado de ADN blanco no tenga nada que ver con Luther King ni con ningún sueño, empezara con una intuición en la jugada anterior, no siguiendo el corte de Hornaceck, quedándote agazapado a la espalda del Cartero para robarle de un hachazo el anillo pintado con asistencias acrílicas Stockton, desdibujando ese pick and roll que sigue brillando en algún lugar de Gonzaga, bloqueo y continuación, bloqueo y continuación, Johnny Cash y June Carter cantando Walk the line en versión baloncestística, o  incluso antes, cuando tras el un - dos sincopado, pierna derecha, pierna izquierda apoyándote contra tu némesis fallida sueltas un finger roll contra tablero, como decíamos, el suceso físico en sí tiene lugar segundos después de que el instinto se disparara ante el frontispicio intermitente del reloj de posesión. Es entonces cuando te diriges a la cancha rival con todo el mundo en pie tapándose la boca mientras tú divisas perfectamente la línea a seguir y, sin venir a cuento, tras un crossover por delante, frenas en seco, y el extremo de la cuerda que te ata a Byron se rompe por su cadera, y la deshilachada hélice se retuerce poco a poco en sentido contrario a como fue pergeñada por Jerry Sloan, desapareciendo con el eje de su cuerpo partido en dos, tren superior e inferior descarrilados contra el parqué. Entonces paras de botar y te sacudes el yo - yo de la muñeca, agarras la pelota con las dos manos y fijas los pies, que te pesan como la fuerza centrípeta del rebufo de Malone trotando por el carril central, como si en lugar de zapatillas llevarás un arnés de plástico que se agarra al suelo. Contraes con fuerza los gemelos y diriges la mirada al centro de la grada. Subes, te estiras, el codo derecho hace tope con el aire mientras la mano izquierda acompaña el movimiento a dos centímetros y liberas el peso adicional de la esfera. Es entonces cuando se descorcha el aro y hace dulce el agua del lago mormón, cuando el salto se completa antes de caer al suelo y la red retumba suavemente sobre las miradas del pabellón que concentran su energía en ese punto, en esa cuenta atrás,  el movimiento de las partículas de agua entre los imanes de Gil de Biedma y Foster Wallace, la certeza de que la vida va en serio y por eso mismo es una broma infinita.





És a dir, 10 milles per veure una bona armadura


He fet un salt, un salt estrany
que ens ha aixecat més de tres pams.
Sortia fum, tan dens i blanc,
i a dins tu i jo i el meu gran salt.
Teníem por mirant a baix,
teníem por i ens hem quedat
mig abraçats, sentint el salt
regalimant-me entre les mans.   
Els testimonis oculars
diuen “quin salt, carai quin salt!”;
les mares diuen als infants
“no us apropeu, que ha fet un salt!”.
Érem tu i jo amb el món a part
i ara és el món que ens salvarà
entre les runes d’aquest salt,
que érem tu i jo i ja no ho som tant.
Que això nens cau, que això nens cau!
Crido el teu nom entre el fum blanc.
“Agafa’t fort i, si pots, cau
amb els dos peus i en un lloc pla”.
I mereixíem un comiat
més digne de ser recordat
i no aquest veure’ns destrossats
per la força de la gravetat.

Tu, saltador que saltes salts!
Tu, grimpador professional!
Tu, amic per sempre ambulant  
que et defineixes pels teus salts!
Que fàcil tot! Que bé que estàs!
En els teus ulls il•luminats
ja s’intueix la immensitat
de tot un món al teu abast.
La nit caurà, la nit caurà,
la nit caurà i desplegaràs
un somni dolç i atrotinat
dels saltadors que salten salts.
I fins demà, i fins demà,
i, a fora, hi bufa un vent tan suau,
i el saltador s’adormirà
fent cara de res,
fent cara de salt.


(No era que el cielo se iluminara, sino que la luz de las estrellas había palidecido. De repente hubo una cierta melancolía en la luz. Además ahora había insectos norteamericanos, de extraño aspecto, zumbando de tanto en tanto, moviéndose torpemente y haciendo pensar a Maranthe en una multitud de chispas agitadas por el viento). 
Página 574. La broma infinita. DFW. 


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